
La transformación del mercado laboral es hoy un hecho ampliamente documentado. De acuerdo con el Future ofJobs Report del Foro Económico Mundial, cerca del 39% de las habilidades fundamentales de los trabajadores cambiará en los próximos cinco años, impulsadas por la automatización, la inteligencia artificial (IA) y la transición hacia economías más sostenibles. Esta evidencia plantea un desafío relevante para las políticas públicas de educación y empleo, en un contexto en que la formación inicial continúa siendo un pilar central del desarrollo.
La educación superior cumple un rol insustituible en la formación de capital humano avanzado, en la generación de conocimiento y en la promoción de la movilidad social. Las universidades, en particular, siguen siendo espacios clave para el desarrollo del pensamiento crítico, la formación ética y la construcción de proyectos de vida. El escenario productivo contemporáneo, sin embargo, exige complementar ese rol con mecanismos que permitan actualizar y profundizar competencias a lo largo del tiempo, fortaleciendo trayectorias formativas capaces de acompañar los distintos ciclos de la vida laboral.
La evidencia internacional confirma esta tendencia. Estudios de la OCDE muestran que los países con mayores niveles de participación en programas de formación continua presentan mejores indicadores de empleabilidad, productividad y adaptación al cambio tecnológico. En la misma línea, informes de Randstad advierten que la empleabilidad futura dependerá cada vez menos de un título específico y más de la capacidad de adquirir nuevas competencias, integrar tecnologías emergentes y adaptarse a contextos laborales dinámicos. En este escenario, el lifelong learning deja de ser una opción individual para convertirse en un componente estructural del desarrollo.
Las áreas con mayor proyección hacia 2030 ilustran con claridad este cambio. El Foro Económico Mundial identifica un crecimiento sostenido en perfiles vinculados a la IA, el análisis de datos y la ciberseguridad, así como en la ingeniería asociada a la transición energética y la sostenibilidad. A ello se suman sectores como la biotecnología alimentaria y, de manera creciente, los ámbitos de la salud y el cuidado humano, particularmente relevantes en sociedades que envejecen, como la chilena. Todas estas áreas comparten un rasgo común: requieren bases formativas sólidas, pero también procesos permanentes de actualización y especialización.
Desde la experiencia en los procesos de admisión universitaria, se observa que las decisiones vocacionales iniciales siguen siendo fundamentales, pero ya no pueden entenderse como un punto de llegada definitivo. Constituyen, más bien, el inicio de trayectorias que deberán complementarse con aprendizajes sucesivos, reconversiones y nuevos ciclos formativos. Comunicar esta realidad con claridad y responsabilidad es parte del compromiso público de las instituciones de educación superior, especialmente en un contexto de alta incertidumbre y cambio acelerado.
Si el aprendizaje permanente se consolida como una condición estructural del desarrollo contemporáneo, el desafío no radica únicamente en ampliar la oferta formativa o en actualizar contenidos, sino en asumir que las trayectorias educativas ya no serán lineales ni definitivas. En un mundo donde comenzar y recomenzar será cada vez más frecuente, ¿estamos, como país, preparados para acompañar a las personas en ese proceso a lo largo de toda su vida?
María Paz Belmar Castro
Directora de Admisión y Comunicaciones
Dirección General de Vida Universitaria y Comunicaciones
Universidad Autónoma de Chile, sede Temuco
Deja un comentario